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Terra
La Coctelera

Frio

Es bien entrada la noche, y estoy escribiendo despues de mucho pero que mucho tiempo...tal vez, por que hace frio??...no se, pero despues de mucho tiempo, lo puedo sentir, siento la brisa helada rosandome la piel, siento un pequeño escalofrio recorriendome la espalda...siento que sigo aqui, que nunca me movi....que todo fue mentira, tal vez un sueño o tal vez una pesadilla...pero ahora lo siento todo tan diferente, tan cerca...es incomodo, raro...pero me gusta, me gusta el frio...se parece a mi, siempre solo, siempre esquivo, cauteloso como esperando algo...lo mismo me pasa a mi, tal vez un abrazo??...no aspiro a tanto, ya mi cuerpo no recuerda la ultima vez que fue abrazado....la soledad llego y se instalo, me tiene recluida, sola, triste...y hasta algo nostalgica.

como es la vida no?? hace unos años atras yo disfrutaba de la soledad como un niño disfruta de su dulce...pero me acostumbre a la gente, a los amigos, a bueno a todo supongo (creo)...ahora que volvio por mi me siento perdida, asustada y no la quiero aqui.

la peleo todos los dias, me invade la monotonia...ya no tengo ganas de pelear, me rindo, no tengo fuerzas....me toco soportar esto desde muy niña y ya me canse de siempre ser yo la que me de animos...ya me canse yo mi consejera y mi amiga, es que uno no merece algo mas???

bueno, tal vez es por que hace frio, y estoy sola (realmente estoy sola si estoy conmigo?...ni yo soy compañia para mi).

Un adios sin tormentas...

No esperes tormentas
Ni vientos que arranquen
No quiero un adiós
De emociones grandes
Si vienen granizos
O levantan aire
Hablando con calma
Fuera tempestades
Donde hubo amor
Y un sentir tan grande
No caben discordias
Palabras infames
Ni odio, ni rencor
Palabras que dañen
Recordando amor
Del odio olvidarme.

A mis amigos les adeudo ternura y palabras aliento y

A mis amigos les adeudo la ternura
y las palabras de aliento y el abrazo;
el compartir con todos ellos la factura
que nos presenta la vida, paso a paso.

A mis amigos les adeudo la paciencia
de tolerarme las espinas más agudas;
los arrebatos de humor, la negligencia,
las vanidades, los temores y las dudas.

Un barco frágil de papel,
parece a veces la amistad
pero jamás puede con él
la más violenta tempestad
porque ese barco de papel,
tiene aferrado a su timón
por capitán y timonel:
un corazón.

A mis amigos les adeudo algún enfado
que perturbara sin querer nuestra armonía;
sabemos todos que no puede ser pecado
el discutir, alguna vez, por tonterías.

A mis amigos legaré cuando me muera
mi devoción en un acorde de guitarra
y entre los versos olvidados de un poema,
mi pobre alma incorregible de cigarra.

Un barco frágil de papel,
parece a veces la amistad
pero jamás puede con él
la más violenta tempestad
porque ese barco de papel,
tiene aferrado a su timón
por capitán y timonel:
un corazón.

Amigo mío si esta copla como el viento,
adonde quieras escucharla te reclama,
serás plural, porque lo exige el sentimiento
cuando se lleva a los amigos en el alma.

hoy soñe que te soñaba

es raro dormirse y sentir el calido cuerpo de la persona aquien amas junto al tuyo, poder sentir su respiracion muy serca de tu cuerpo...pero hoy, hoy me di cuenta que solo era un sueño un sueño en el que soñaba que estabas conmigo y que en estas noches frias de invierno me calentabas pero era solo un sueño...gran sorpresa la mia cuando desperte y vi que seguia sola con tu recuerdo...

infeccion unas lagrimas sangre ilusiones

Infección para unas lagrimas de sangre

Ilusiones frustradas, en el espejo del miedo
acostadas en este incierto presente,
comienzo a creer que la infección que por ti siento
es el cuchillo sangriento
deseoso por cortar con esa oxidación
que empuña quien lo carga
el hilo delgado y azul, del suicidio,
las cloacas de mis neuronas se irritan
con el dolor que es introducir nuevos recuerdos,
tal vez en esas nubosidades de momentos
destrozare la ironía de tu belleza
golpeando con golpes de caricias,
creando sonidos deformes
mediante los gritos de labios negros.

La gota que se escapa de mi ojo
fruncirá este odio desde el silencio
buscando ese respiro ultimo, de un amoniaco eterno,
siento una angustia desesperante
es un regalo envuelto en normas, sociales,
cada insípido murmullo de un montón de mentiras
flota en carne putrefacta , en ese interior
tan marchito, sobre el hedor, común,
juntos se emplazan a huelga unos órganos humanos
con la calma que arroje mi alma , al purgatorio
esos ataúdes aguardando unas flores sin vida
tantos gusanos, aves carroñeras esperando un cuerpo frió;
mi mirada es nublada, carente de cualquier expresión,
deseché sangre en una gota, se metió a mis entrañas
después la expulse y ahora parece ser una lagrima,
el tiempo se agota, el reloj continua avanzando
mientras tanto, cúmpleme un deseo
destruye el mundo que me rodea, aíslame en funerales
encuentra mi aliento, se esta desvaneciendo
corrompe mis latidos, con un te quiero
descontrola la esquizofrenia que siento, por un abrazo
asesíname, para que renazca de nuevo
dale significado a la eutanasia
con esta compleja forma de querernos.

Trágate mi corazón, y escúpelo
déjame , un instante para colocarlo de nuevo
junto a tanto humo lleno de pulmones
abajo de tanta ignorancia para un cerebro,
al llevar el recuerdo inquietante
de vagar entre los muertos, en un errante trayecto
directamente al rugir desgarrador de mis huesos,
alcé la vista para alcanzar a ver
la lluvia inquebrantable ante el gris en el cielo;
comienzo a preguntarme, aun sabiendo lo ignorante, que soy
si la existencia de movimiento puede hacerme
capaz de escribir una oración,
sentiré con la voz interna transgredir el rencor
un descomunal miedo, más allá de el usual,
con la insuficiencia embargando las letras
cualquier lagrima con sangre que expulsen mis venas
volverá a nacer, escapando por un instante
de las manos ensangrentadas, sin ningún tipo de remordimiento.

Confundiendo tus colmillos con metales
frunces ahora ser maldito, mis identidades
al dolor provocado, cada vez en que renazco del excremento
en suaves primaveras, al soslayo de un verano
lo cambio por una búsqueda de imágenes
donde hieren los ecos que retornan
lentamente dejando, algunos lamentos
en cartas, en poemas, que navegan
sin así quererlo ese liquido aberrante, que esta acabando
con el oxigeno del asfalto, del piso nauseabundo
inerte, sin latidos, catador de mis desilusiones.

La sangre transmitiendo enfermedades
el corazón latiendo a un ritmo constante
oxigeno convirtiéndose en humo
la deformidad haciéndose belleza,
en funerales se programaron crematorios
para toda la carne fría y excitada
por un nuevo génesis, tan cercano
el todo se hace un nada
las constantes actúan como variables,
puedo sentir la vida desaparecer,
como si fuera a tocar con mis dedos temblorosos
la lluvia insípida de un poeta muerto
extirpando cualquier principio de abandono
bebo la necesidad de extender esta agonía
aclamo con muestras sanguíneas, tener
y que me den la oportunidad para curar mis heridas
retrocediendo los daños emocionales,
con cajas de pastillas repletas con calmantes.

Abriendo los párpados
para despertar de la muerte
intoxicándome con somníferos
solo así puedo saber que existe la luz,
entonces cuando volveré a sentir mi cuerpo
con el calor espiritual de la vida
como concebiré las neuronas inertes
en grados de pensamientos,
si ni siquiera puedo hacer de la respiración
una mezcolanza de contaminantes.
muerdo cromosomas sexuales
con la insurrección que provoca
la ficción existiendo en la realidad,
llenar estas lagrimas con algo más , que la sal
así es la manera que encontré para plasmar
en documentos toda la desesperanza
por abrir otra vez mis ojos;
este tétrico sudor, excesivamente frió
cada gota de liquido como solvente a la saliva
provoca que las silabas se peleen entre si
con sangre humana que aun recorre estas venas débiles
todo es percibir el mismo sufrimiento
de algunas almas enjuiciadas acercándose,
junto a mi, al final.

Espero q les haya gustado. adathea@briseisl.com
"No quieras al prijimo si el no te quiere a ti."
"Defiende tu sangre no tu templo."
"Se libre y seras suave cuervo negro lijero"

cae ocaso reina muerte nace virtud la inocencia

Cae el ocaso, reina la muerte
nace la virtud de la inocencia
controvercia perdida
tristeza tatuada alma sangrante
//
Aparece una estrella ,nace una esperanza
luz llega a mi rostro como sangre a mi corazon
alimentando el deseo saseando mis sueños
señal de luna unapequeña iluminada
//
Reina la Luna oscuridad rendida
soledad teñida tristeza perdida
campos rojos ya azules
y mis cicatrices perdidas en belleza
//
Las heridas homenaje de la soledad
mis espinas producto de la tristeza
soledad mas que ella
yLuna quien la contempla
//
Acojes mis sueños
consuelas mi delirio
comprendes mi tristeza
adornas mi agonia mi dulce Luna
//
Llenas de esperanza este camino
que en sus trechos trampas por monton
sangre perdida como muestra de la ingratitud
muestrame una vez mas el camino a la verdad
//
Juventud derramada como homenaje a la muerte
campos de delirios
escuchados por
cantos de silencio digna pasion del olvido
//
Amor a la Luna mi unico consuelos
señal de esperanza en mi teñida vida
alma pura acuan este corazon
dejame ver tu rostro una vez mas.
¿La vida recorre en uno o uno recorre en ella? el destino lo hace uno pero no puede escapar de el oposiciones aparentes simple respuesta ..pero lo que nunca comprendo porque los hombres sigen perdidos en vicios y fijen o son inconcientes de sus actos tan solo queda esperara un rayo deLuna que habra los ojos hoyclamo a laLuna un poco de luz a esta oscuridady esta niebla que siega a los demas mejorar el destino complemetar mi motivo ... no deseo ver caer mas esta sociedad suelto mis alas y muestro la verdad dura espina en algunos verdad doliente en muchos.


Alzo mi mirada en esta hermosa oscuridad creada por los hombres ...la luna me da fuerzas para seguir en este mundo lleno de mentiras ... donde el hombres solo vive para si mismo y no para todos ...donde reina el caos y la muerte ...despierto yo del sueño profundo de mi ira ...destada mi tempestad ... destadas mis alas ...hoy empiezo mi camino en el que llegare a morir. "Briseis"

ahora me siento en paz

Ahora me siento en paz no importa cómo los rasgones me mojaron difícilmente la cara para tener dicha todos a ti las palabras que me sofocaron la garganta E hecha para entenderte que todos mis actos condujeron a una realidad sola: mi amor para ti él hizo I para calmar mi corazón que me siento que un arco fue cortado entre nosotros, pero que existo ya un nuevo enlace, una nueva manera que sabe fuerte más, menos dolorosa yo no necesita describir mis sensaciones tú mi amor, tú era mi sueño más bonito… Hizo I para sentir otra hora a mí puro, porque amándote ahora intento cambiarte del lugar en mi corazón E que sabes que todas las razones que me llevan a esto él no es para la opción, es necesidad necesito vivir sin ti, y no tengo la derecha que hacer sufrirte que sufre… Tú él será siempre mi ángel… Que sé que las subsistencias a mí de lejos E-I serán exactamente siempre su muchacha, pero pra nunca malo tú yo hará el posible de modo que nada que se mueve, que será tenido que al dolor que dona en mí pero que él no sientes el peso en de la distancia… O si está cortado con los cacos que si está tenido hecho mis sueños… Guardo a todas sus palabras con mí todavía que oigo su voz y su sonrisa… Pero a partir de hoy encendido no te soñaré más cariñoso tú felicidad del deseo iguales que mucho que me deseo que dejarnos tienen quién en amors ellos, como un día adentro los amamos E que no necesite más en privarlos de la felicidad para el frieza que trae en la distancia, para la tristeza que trae la nostalgia…



EL TÚNEL



Supe que no había sido una buena idea entrar en aquel antro en cuanto puse los pies en el umbral y me encontré delante de las oscuras y pesadas cortinas que ocultaban la entrada, arrastrado por mis amigos en una de tantas noches de risas y vino. La Caverna , se llamaba, no sé si por el enésimo homenaje del enésimo fan de los Beatles o, simplemente, para dar una coartada a un mugriento sótano en el que no se había invertido mucho en decoración. El casoes que, abotargado por el abundante trasiego de alcohol de aquella noche y confiado por la presencia de mis amigos, creí que mi miedo yacería anestesiado en algún recoveco de mi atormentada mente, o que la decoración de "La Caverna" sería tan burda que, mas que al miedo, movería a la risa. Así que, intentando olvidar mis terrores pasados, trastabillando y farfullando alguna que otra incoherencia, me autoproclamé abanderado de aquella alegre pandilla de borrachines, aparté con teatral decisión las cortinas y, por inercia, di tres o cuatro pasos por un largo, negro y rocoso túnel, antes de caer de rodillas en el suelo, gritando aterrorizado y tapándome la cara con las manos, con la pesadilla latiendo como un negro corazón enloquecido dentro de mi cabeza. Lejos de darme valor, el alcohol me dejó todavía más inerme y desprotegido, amplificando mi pánico hasta el punto de quedar paralizado en el suelo. Grité todavía más fuerte cuando sentí que unas manos me agarraban por los brazos y me arrastraban por el suelo, hasta que sentí el roce de la cortina de la entrada en mi cara y comprendí que alguien me estaba sacando a rastras del local, sentándome en un banco de la calle e intentando calmarme al mismo tiempo. Podía oir dentro del local las beodas risotadas de mis amigos, riendo ignorantes mi presunta broma. Cuando por fin pude calmarme, quité las manos de delante de mi cara y me encontré frente a frente a Rafa, mi viejo, fiable, juicioso y responsable amigo., a quien mi ataque de pánico acababa de arrancar de golpe de la grata compañía de Baco, haciéndole compartir conmigo un brusco y desagradable viaje hacia la sobriedad. Me miraba fijamente a los ojos, en su cara la vieja máscara mezcla de perplejidad y preocupación que yo tan bien conocía, quizás por ser la persona que más la provocaba.

-¿Estás mejor, socio?. Quizás deberías dejar de intentar secar La Rioja tú solo. ¿Quieres que llame a un taxi?.

Conseguí dominar paulatinamente mis estremecimientos y temblores y miré fijamente a Rafa. Nuestra amistad se remontaba a la época en la que nuestros traseros compartían pupitre en el colegio, y había permanecido intacta a lo largo de más de veinte años consiguiendo unir regularmente a dos tipos que habían seguido caminos radicalmente distintos en la vida. Muchas veces me había parado a pensar en los motivos que mantenían nuestra amistad. Éramos como un racimo del cual se desprendían más y más amigos, de esos que luego te encontrabas por la calle e intentaban evitarte, o como mucho musitaban un inaudible y vergonzoso saludo, azorados ante un encuentro tan fortuito como poco deseado. Pero Rafa y yo seguíamos viéndonos. Supongo que yo, inconscientemente, anhelaba un poco de la estabilidad que presidía la vida de mi amigo, un tipo tan feliz, tan centrado y con las ideas tan claras que, con franqueza, a veces me daban ganas de abofetearlo sin piedad y sacarle el secreto de su asquerosa felicidad a golpes. Pienso que Rafa, por su parte, veía en mí la inconsciencia y la total inmadurez de sus dieciséis años conservada incólume en su amigo de treinta y cuatro, y de vez en cuando se pegaba el gustazo de correrse una juerga como la de hacía años, acompañando al viejo Toni en la habitual ruta de antros infames y lupanares varios que eran el centro de mi existencia. Creo sinceramente que esas noches de presunta diversión le servían para comprobar lo penoso de mi existencia de perdedor voluntario e (in)consciente. Así podía dejarme en mi casa por las mañanas en un estado semicomatoso, balbuceando incoherencias frente a las viejas fotos de alguna buena chica que había tenido la momentánea desgracia de cruzarse en mi camino y a la cual yo había fallado estrepitosamente, y largarse a buscar los brazos de su mujer, con una dosis de juerga que le duraría para un par de meses. El caso es que ahora lo tenía delante de mí, y en ese momento supe que tenía que contárselo. Me daba igual que pensara que mi mente había largado amarras definitivamente hacia el mundo de la locura. Me importaba un bledo que no me creyera, que no me tomara en serio, que me recordara por enésima vez que llevaba demasiado tiempo jugando con mi estabilidad mental. La idea se me fijó en la cabeza mientras oía nuevamente a mi preocupado amigo.

-¡Reacciona, joder, que me estás asustando!.

Lancé un hondo suspiro, moví las manos para tranquilizarlo y me sorprendí a mi mismo abriendo la boca y articulando un discurso pausado, tranquilo y suave, en el que se mezclaban el anhelo de que Rafa me creyera y la tranquilidad que me producía sacar a pasear durante unos instantes al engendro que me martirizaba. Sólo cuando miraba la entrada de "La Caverna" un estremecimiento me volvía a recorrer la espalda. Vomité mi historia ante la única persona de las que me conocían que podría creerme, cientos de nubecillas de vaho saliendo de mi boca en aquella noche surcada por un frío cortante y estremecedor...

"Rafa, te voy a contar algo que me está corroyendo el alma desde hace unos meses, y esta vez no tiene nada que ver con las mujeres ni con la bebida –con esta última afirmación capté definitivamente el interés de Rafa, al que suponía pacientemente predispuesto a otra sesión de confesiones sentimentales a cargo de su desequilibrado amigo-.Estos últimos meses he estado más ilocalizable que de costumbre. Cuando rompí con Paula me quedé bastante hecho polvo,no quise saber nada de nadie que me recordara esa historia, ni siquiera de ti –mi amigo se encogió de hombros, haciéndose cargo de la situación, como siempre- Encontré trabajo en una librería del centro de la ciudad, algo sin complicaciones, simplemente para pagar el alquiler y las dosis de euforia pasajera a cargo de esa simpática agrupación de duques, condes y marqueses con denominación de origen que tan gratos me son. Como puedes suponer, por mi brillantísimo currículo académico y mis numerosos doctorados –Rafa sonrió ante mi ironía- fui a parar de cabeza al almacén de la tienda como principal y único responsable del Departamento de Movimiento Masivo de Enormes Cajas de Libros, que tenía a su cargo varios departamentos más, todos relacionados con tareas eminentemente físicas, y que también me tenían a mí como único responsable. El almacén estaba situado dos pisos por debajo del nivel de la calle y era enorme, una gran nave de la cual partían dos anchos pasillos que daban acceso a los vestuarios y la sala de máquinas, por un lado, y a los despachos y oficinas por el otro. Yo trabajaba en la nave grande, rodeado por cientos y cientos de libros, que si bien al principio habían llamado poderosamente mi atención –ya sabes lo mucho que me gusta leer- había acabado por ignorar, o intentar ignorar, ya que rara era la semana que no compraba dos o tres, y mi exiguo sueldo se resentía considerablemente. Mi horario comenzaba a las dos de la tarde y finalizaba a las diez de la noche, cuando se cerraba la tienda, un horario que me permitía entregarme a mis pequeñas dosis de autodestrucción nocturna y recuperarme razonablemente por las mañanas para llegar de nuevo al trabajo en un estado más o menos presentable. El personal de oficinas se iba a las siete de la tarde, y durante esas tres horas yo era la única persona que trabajaba en aquella inmensa nave, trajinando con cajas y libros, y sintiendo siempre el continuo zumbido del aire acondicionado en mis oídos. Sólo de tarde en tarde bajaba algún empleado de la tienda a buscar algún libro, o simplemente a charlar un rato conmigo, más por escapar de la pesadez de los clientes que por la enjundia de mi conversación, pero la mayor parte del tiempo trabajaba solo, un trabajo monótono que normalmente me permitía aislarme de lo que sucedía tras la puerta de acero del almacén, trabajando de una forma mecánica y monocorde, fumando y, en ocasiones, bebiendo el cava barato que se servía en las presentaciones de los libros y que algún inconsciente había dejado bajo mi responsabilidad, aunque el sabor de aquel brebaje tampoco me predisponía a grandes alegrías etílicas. El caso es que en aquella tienda había encontrado cierto orden frágil e inestable dentro de la caótica vorágine en que se había convertido mi existencia.

Como ya te he dicho, de tanto en tanto bajaba al almacén algún empleado de la tienda, por motivos no siempre relacionados con el trabajo. De entre todos, a quien más solía ver por mis dominios subterráneos era a J., cuyas amplísimas y no muy bien delimitadas funciones en la tienda le permitían moverse por la misma a sus anchas sin tener que dar demasiadas explicaciones de sus movimientos.. Entre los dos había nacido casi instantáneamente una fuerte corriente de simpatía, y era una de las pocas personas que lograba arrancarme una sonrisa incluso en mis peores días. Aquel tipo había nacido prácticamente en la tienda, y conocía al dedillo todos sus recovecos. Supe de la existencia del túnel un día que, entre los dos, movimos unas enormes pilas de cajas amontonadas en un cuartito situado en una esquina del almacén, justamente en la parte opuesta a las oficinas y a la salida hacia la tienda. El caso es que, al mover las cajas, donde yo esperaba ver la pared del cuartito apareció un tramo de escaleras que descendía un par de metros hacia un pequeño rellano, a la derecha del cual se abría la entrada a un túnel excavado en la tierra cuyo final yo no acertaba a distinguir. De la entrada del túnel surgía un desagradable olor a fango corrompido, a aire viciado, a lobreguez. J. me miró, sin duda divertido ante mi sorpresa y perplejidad, soltándome a bocajarro un detallado y farragoso muestrario de todas las explicaciones humorísticas que había imaginado para justificar la construcción de aquel extraño túnel, antes de concluir que no tenía ni idea de las causas que habían motivado su excavación. Sólo acertó a explicarme que el túnel corría paralelo a la pared del fondo del almacén, bajo la calle, acabando en otras escaleras similares a las que habíamos dejado al descubierto y que finalizaban en una pequeña puerta también cegada por cajas de libros y paquetes de bolsas de plástico. Según él, a unos diez metros se abría hacia la izquierda otro pequeño túnel, perpendicular al primero y de unos dos metros de longitud, sin salida, como si su excavación se hubiese interrumpido abruptamente. Siempre había sentido cierta aprensión hacia las cuevas, por pequeñas que fuesen, naturales o artificiales, pero en aquella ocasión pudo más mi curiosidad, y di un par de pasos dentro de la oquedad, cubierta por una espesa capa de telarañas. El olor a limo pútrido era allí más intenso. El pasadizo era estrecho, un túnel artificial sin ningún tipo de instalación eléctrica, ni cable, ni respiradero, nada que justificase las molestias de perforarlo. Sólo una larga, húmeda, sucia y estrecha cueva artificial que contrastaba poderosamente con el enorme y aséptico almacén del cual sólo la separaba una pared. Me sobrecogió la sensación de extrema soledad y desamparo que experimenté en el umbral de aquel túnel, y recuerdo que pensé que podría enloquecer si alguien me encerrara allí dentro, aunque sólo fuese durante unos minutos. Giré la cabeza y observé a J., mi compañero, que observaba la entrada con la misma expresión de indefinible temor que estaba seguro se reflejaba en mi rostro. Antes de girarnos los dos hacia los escalones y volver en silencio hacia el almacén, me fijé en un detalle que, en aquel momento, sólo catalogué como un dato curioso, un detalle que ahora me llena de pavor y horror. Las paredes de la cueva, por lo menos hasta donde yo alcanzaba a verlas, estaban ennegrecidas, como si alguien hubiera encendido un gran fuego dentro del túnel, cosa que en aquel momento me pareció tan sin sentido como la construcción del mismo.

Yo hubiera vuelto a cegar la entrada a la cueva inmediatamente con decenas, cientos de cajas y bolsas, y estoy completamente seguro de que J. hubiera secundado con entusiasmo mi idea, pero nuestro jefe quería inventariar las bolsas y tuvimos que dejar libre acceso al pútrido túnel. Sería cosa de un par de días, y me resigné, añadiendo el malestar y la desazón que aquella situación me producía a tantas otras sensaciones negativas que por aquel entonces campaban a sus anchas por mi mente.

Todo ocurrió el día siguiente. Yo siempre había pensado que ese tipo de cosas necesitan su tiempo, generar una serie de indicios, provocar una situación de desazón paulatina en la víctima, hacerle dudar de sus sentidos hasta conducirlo hacia una traca final de horror y espanto. Pero estaba equivocado. Eso sucedió de repente, sin previo aviso. Y yo no era ninguna víctima. Simplemente, estaba una vez más en el lugar y momento equivocados.

Ese día amaneció lluvioso, no con la lluvia fuerte, espesa y fresca que limpia y deja olor a tierra mojada incluso en el negro y sucio corazón de una gran ciudad. Unas negruzcas nubes destilaban una fina y caliente llovizna que dejaba una película oleaginosa y resbaladiza en las aceras de la ciudad y una pátina de mal humor en las almas de los viandantes. Entré en el almacén a las dosde la tarde, chafado por el terrible bochorno de un mes de julio y con la ropa pegada al cuerpo como una caliente funda de tela. El aire acondicionado no funcionaba, y la ausencia de su zumbido contribuía a hacer del almacén un sitio ominoso y tétrico, como una gigantesca tumba cuyo silencio absoluto sólo era roto por el ruido del agua al circular por las cañerías del techo. Veía en la esquina del almacén la puerta del cuartito, y un escalofrío recorría mi espalda al imaginar los cuatro peldaños que descendían hacia la boca del túnel, con sus paredes renegridas y calcinadas. Comencé a trabajar compulsivamente, pensando que el trajín me distraería de mis temores, pero no podía dejar de pensar en la negra herida que corría tras la pared del almacén, solamente a un par de metros de donde yo tenía mi mesa. La mitad del personal de la tienda estaba de vacaciones, y los que quedaban estaban demasiado atareados o demasiado agotados como para bajar a charlar conmigo. Incluso J. tenía fiesta aquel día, por lo cual tenía el almacén para mí solo, precisamente el día que menos deseaba la soledad. A eso de las nueve de la noche subí las dos plantas de la tienda para tirar unos cartones en el contenedor de la calle. La pegajosa llovizna de la tarde había derivado en una furiosa tormenta. Un cielo negro y encapotado vomitaba furiosamente espesas cortinas de agua, y a cortos intervalos de tiempo trallazos de electricidad preludiaban el estampido colérico de unos truenos potentes como no recordaba hace tiempo. Recuerdo que pensé que aquella tormenta era lo más parecido a un bombardeo nocturno sobre la ciudad, y estuve haciendo cábalas durante unos instantes sobre el sitio donde me escondería si de repente comenzaran a caer bombas cerca. Ahora, aquellos pensamientos me parecen extrañamente premonitorios.

Bajé al almacén a eso de las nueve y cuarto de la noche, cruzando una tienda semivacía, sólo ocupada por dos o tres empleados contratados para suplir al personal de vacaciones. Desde mi puesto de trabajo me llegaba el sonido de los estampidos de los truenos, amortiguados por los dos pisos que había por encima del almacén. Más o menos a las nueve y media, cuando sólo me quedaba media hora para largarme, comenzó el apagón. Una oscuridad total se adueñó del almacén. Solamente brillaba muy débilmente una luz de emergencia situada sobre la entrada al cuartito de la cueva, con una fosforescencia lechosa que la dotaba de una atmósfera lóbrega e irreal, que sólo permitía distinguir muy vagamente los contornos de las cajas que estaban a su alrededor.

Por aquellas fechas, estaba intentando dejar de fumar, por el científico método de esconder mechero y cigarrillos en lugares extraños, con la intención de no encontrarlos cuando las ganas de fumar se hicieran muy intensas. Normalmente siempre los encontraba, era para lo único que tenía algo de memoria, por lo que seguía fumando como siempre. Pero en aquella ocasión no hubo manera. Busqué en mis cubetas como un loco, intentando localizar mi mechero para acceder a la puerta del almacén sin tropezar ni golpearme con nada, los nervios a flor de piel, intentando no mirar hacia la espectral entrada del cuarto, preso de un progresivo pánico que se enseñoreaba de los territorios de mi mente donde se suponía tenía que reinar la lógica y la serenidad. Fue mientras buscaba frenéticamente el mechero cuando aquel horrible olor inundó el almacén, dejándome clavado en el sitio. Olía a quemado, pero en ningún momento pensé en un cortocircuito o en un incendio. Ojalá hubiera sido eso. El olor que me hacía temblar y respirar rápida y entrecortadamente era olor a carne quemada. Sólo podía pensar en gente ardiendo, incendios en discotecas, los cuerpos calcinados y horriblemente retorcidos de los cadáveres de aquel camping arrasado por una gigantesca nube de gas abrasador, herejes en la hoguera gritando enloquecidos de dolor, madres con sus hijos saltando envueltos en llamas desde pisos ardiendo. Un humo espeso, ocre, químico, invadió el almacén, y de pronto una extraña y vívida luz comenzó a salir del cuartito del túnel. Era una luz cambiante, como proyectada por una inmensa hoguera que alguien hubiera encendido dentro del túnel, una luz que se deslizaba entre el humo creando una niebla fosforescente y espectral, que difuminaba los objetos, permitiendo apenas entrever sus formas. Fue entonces cuando las cosas comenzaron a salir del cuarto, apenas entrevistas entre la espesa humareda, pequeñas, negras, horribles parodias de diminuto cuerpo humano de miembros retorcidos y humeantes. Ni siquiera noté el caliente flujo de orina deslizarse por mis piernas. No podía apartar la vista de aquellas horribles cosas que avanzaban hacia mí, apartando penosamente las cajas con aquellos sarmentosos dedos calcinados. En lo que era, o había sido la cabeza brillaban dos ascuas incandescentes inyectadas en sangre, y una horrible abertura sanguinolenta dejaba escapar gemidos semejantes a los de un agonizante presa de espantosos dolores. Conseguí retroceder un par de metros antes de volver a quedar paralizado de terror. Aquellas cosas estaban frente a mí. Noté docenas de puntos rojos fijados en mí, los enloquecedores gemidos de aquellas criaturas llenaban el almacén de una sinfonía de dolor y locura. Pensé que iban a atacarme, a despedazarme, a arrastrarme con ellos a la cueva, a algún pozo que comunicaba directamente con el infierno, pero entonces comenzaron a cogerse de la mano, entrelazando penosamente aquellos dedos deformados y retorcidos, alineándose, formando en pocos segundos tres o cuatro organizadas filas, como una horripilante remedo de una compañía militar preparada para pasar revista o para desfilar, o como...¡¡Dios, de pronto lo comprendí!!. Grité y grité frente a aquellas desdichadas criaturas, enloquecido por la verdad que se abría paso en mi mente, y los gritos me dieron la fuerza suficiente para salir corriendo de aquel maldito lugar, golpeándome contra cajas, columnas, qué se yo. Abrí como pude la puerta del almacén y avancé entre el viscoso humo que llenaba la tienda. Avanzaba por la tienda desierta y los libros y las estanterías comenzaban a arder a mi paso, pero yo sabía que ni aquel humo me asfixiaría ni aquellas llamas me quemarían. Sería algo más sutil lo que me ahogaría y quemaría hasta el fin de mis días. Por fin, la mano enguantada de un bombero me sujetó por el hombro y me arrastró hacia la calle, donde mis asustados compañeros observaban el súbito, inexplicable y voraz incendio que estaba arrasando la tienda hasta los cimientos. En esas circunstancias, mi estado de nervios pasó completamente desapercibido. Creo que fuiel único que vio, mientras me arrastraban hacia la ambulancia, a aquel grupo de cosas negras intentar avanzar entre las llamas hacia la salida, desorientados en un sitio que ya no les era familiar".

Apenas había podido musitar las últimas palabras, sobrecogido por sollozos entrecortados. Rafa me miró, callado, observando los regueros de lágrimas que se deslizaban por mi cara, hasta que conseguí calmarme.

-Eso es todo. Como te he dicho antes, finge que me crees, aunque pienses que estoy loco. Ayúdame a soportar este espanto.

-Te creo, amigo – si era una actuación, era bastante buena-, por lo menos creo la mayor parte de lo que me dices. Pero hay una cosa....

Sí, ya sé a qué te refieres. Pensé que no me lo preguntarías, de hecho me hubiera gustado que no lo hicieras, pero veo que tu curiosidad es más grande que tu horror. A mí me pasó lo mismo. Aunque ya sospechaba el porqué del extraño comportamiento de aquellas criaturas, quise saber más. He estado investigando un poco por mi cuenta, buscando la confirmación a mis sospechas. Ojalá no lo hubiera hecho. Ese edificio no ha sido siempre una librería, ni siquiera una tienda. Hace unos cincuenta años también había libros, sí, pero eran los que estudiaban los niños de la escuela Mossén Jacint Verdaguer –el rostro de mi amigo palideció intensamente, intuyendo la terrible verdad-. He visto la foto en viejos periódicos de la época, durante la Guerra Civil española, y he hablado con un par de maestros que, para su desgracia, han sobrevivido a aquel espantoso acontecimiento. Fue un hecho acallado, como tantos otros, por las fuerzas de ocupación nacionales. La mayor parte de los niños que asistían al colegio Jacint Verdaguer eran hijos de dirigentes republicanos. Cuando las tropas nacionales entraron en Barcelona, unos cuarenta niños permanecían en el colegio; sus padres, que no habían podido huir a tiempo, temían represalias por parte de los vencedores, y querían mantener a sus hijos alejados de ellos durante un tiempo. Fue un inmenso error. Un cuerpo de requetés borrachos de aguardiente y victoria entró en el colegio y lo arrasaron a sangre y fuego. Machacaron a golpes a los profesores y los obligaron a bajar al sótano, justo donde se encontraba el almacén de la tienda. Uno de ellos llevaba un lanzallamas –en los ojos de mi amigo se reflejaba un espanto sin límites-. . Los profesores les suplicaron que dejaran marchar a los niños, arracimados muertos de miedo en un refugio antiaéreo excavado a toda prisa durante el último mes, pero ellos iban demasiado borrachos, eran demasiado fanáticos, y se burlaron de ellos, escupiendo proclamas fascistas y gritando que iban a acabar con toda la prole roja sobre la faz de la tierra. El soldado del lanzallamas estuvo media hora vomitando fuego dentro de aquel túnel. El maestro que me lo explicó lloraba al contármelo. Me dijo que los gritos de aquellos niños no le habían permitido una noche de paz en cincuenta años, y el pobre hombre no sabía que estaba describiendo también mi futuro. Supongo que ya sabrás qué eran esas cosas calcinadas que salieron de su refugio y se alinearon frente a mí en el almacén, en filas, como hacían siempre, creyendo que por fin un profesor había venido a sacarlos de allí.