Supe que no había sido una buena idea entrar en aquel antro en cuanto puse los pies en el umbral y me encontré delante de las oscuras y pesadas cortinas que ocultaban la entrada, arrastrado por mis amigos en una de tantas noches de risas y vino. La Caverna , se llamaba, no sé si por el enésimo homenaje del enésimo fan de los Beatles o, simplemente, para dar una coartada a un mugriento sótano en el que no se había invertido mucho en decoración. El casoes que, abotargado por el abundante trasiego de alcohol de aquella noche y confiado por la presencia de mis amigos, creí que mi miedo yacería anestesiado en algún recoveco de mi atormentada mente, o que la decoración de "La Caverna" sería tan burda que, mas que al miedo, movería a la risa. Así que, intentando olvidar mis terrores pasados, trastabillando y farfullando alguna que otra incoherencia, me autoproclamé abanderado de aquella alegre pandilla de borrachines, aparté con teatral decisión las cortinas y, por inercia, di tres o cuatro pasos por un largo, negro y rocoso túnel, antes de caer de rodillas en el suelo, gritando aterrorizado y tapándome la cara con las manos, con la pesadilla latiendo como un negro corazón enloquecido dentro de mi cabeza. Lejos de darme valor, el alcohol me dejó todavía más inerme y desprotegido, amplificando mi pánico hasta el punto de quedar paralizado en el suelo. Grité todavía más fuerte cuando sentí que unas manos me agarraban por los brazos y me arrastraban por el suelo, hasta que sentí el roce de la cortina de la entrada en mi cara y comprendí que alguien me estaba sacando a rastras del local, sentándome en un banco de la calle e intentando calmarme al mismo tiempo. Podía oir dentro del local las beodas risotadas de mis amigos, riendo ignorantes mi presunta broma. Cuando por fin pude calmarme, quité las manos de delante de mi cara y me encontré frente a frente a Rafa, mi viejo, fiable, juicioso y responsable amigo., a quien mi ataque de pánico acababa de arrancar de golpe de la grata compañía de Baco, haciéndole compartir conmigo un brusco y desagradable viaje hacia la sobriedad. Me miraba fijamente a los ojos, en su cara la vieja máscara mezcla de perplejidad y preocupación que yo tan bien conocía, quizás por ser la persona que más la provocaba. -¿Estás mejor, socio?. Quizás deberías dejar de intentar secar La Rioja tú solo. ¿Quieres que llame a un taxi?. Conseguí dominar paulatinamente mis estremecimientos y temblores y miré fijamente a Rafa. Nuestra amistad se remontaba a la época en la que nuestros traseros compartían pupitre en el colegio, y había permanecido intacta a lo largo de más de veinte años consiguiendo unir regularmente a dos tipos que habían seguido caminos radicalmente distintos en la vida. Muchas veces me había parado a pensar en los motivos que mantenían nuestra amistad. Éramos como un racimo del cual se desprendían más y más amigos, de esos que luego te encontrabas por la calle e intentaban evitarte, o como mucho musitaban un inaudible y vergonzoso saludo, azorados ante un encuentro tan fortuito como poco deseado. Pero Rafa y yo seguíamos viéndonos. Supongo que yo, inconscientemente, anhelaba un poco de la estabilidad que presidía la vida de mi amigo, un tipo tan feliz, tan centrado y con las ideas tan claras que, con franqueza, a veces me daban ganas de abofetearlo sin piedad y sacarle el secreto de su asquerosa felicidad a golpes. Pienso que Rafa, por su parte, veía en mí la inconsciencia y la total inmadurez de sus dieciséis años conservada incólume en su amigo de treinta y cuatro, y de vez en cuando se pegaba el gustazo de correrse una juerga como la de hacía años, acompañando al viejo Toni en la habitual ruta de antros infames y lupanares varios que eran el centro de mi existencia. Creo sinceramente que esas noches de presunta diversión le servían para comprobar lo penoso de mi existencia de perdedor voluntario e (in)consciente. Así podía dejarme en mi casa por las mañanas en un estado semicomatoso, balbuceando incoherencias frente a las viejas fotos de alguna buena chica que había tenido la momentánea desgracia de cruzarse en mi camino y a la cual yo había fallado estrepitosamente, y largarse a buscar los brazos de su mujer, con una dosis de juerga que le duraría para un par de meses. El caso es que ahora lo tenía delante de mí, y en ese momento supe que tenía que contárselo. Me daba igual que pensara que mi mente había largado amarras definitivamente hacia el mundo de la locura. Me importaba un bledo que no me creyera, que no me tomara en serio, que me recordara por enésima vez que llevaba demasiado tiempo jugando con mi estabilidad mental. La idea se me fijó en la cabeza mientras oía nuevamente a mi preocupado amigo. -¡Reacciona, joder, que me estás asustando!. Lancé un hondo suspiro, moví las manos para tranquilizarlo y me sorprendí a mi mismo abriendo la boca y articulando un discurso pausado, tranquilo y suave, en el que se mezclaban el anhelo de que Rafa me creyera y la tranquilidad que me producía sacar a pasear durante unos instantes al engendro que me martirizaba. Sólo cuando miraba la entrada de "La Caverna" un estremecimiento me volvía a recorrer la espalda. Vomité mi historia ante la única persona de las que me conocían que podría creerme, cientos de nubecillas de vaho saliendo de mi boca en aquella noche surcada por un frío cortante y estremecedor... "Rafa, te voy a contar algo que me está corroyendo el alma desde hace unos meses, y esta vez no tiene nada que ver con las mujeres ni con la bebida –con esta última afirmación capté definitivamente el interés de Rafa, al que suponía pacientemente predispuesto a otra sesión de confesiones sentimentales a cargo de su desequilibrado amigo-.Estos últimos meses he estado más ilocalizable que de costumbre. Cuando rompí con Paula me quedé bastante hecho polvo,no quise saber nada de nadie que me recordara esa historia, ni siquiera de ti –mi amigo se encogió de hombros, haciéndose cargo de la situación, como siempre- Encontré trabajo en una librería del centro de la ciudad, algo sin complicaciones, simplemente para pagar el alquiler y las dosis de euforia pasajera a cargo de esa simpática agrupación de duques, condes y marqueses con denominación de origen que tan gratos me son. Como puedes suponer, por mi brillantísimo currículo académico y mis numerosos doctorados –Rafa sonrió ante mi ironía- fui a parar de cabeza al almacén de la tienda como principal y único responsable del Departamento de Movimiento Masivo de Enormes Cajas de Libros, que tenía a su cargo varios departamentos más, todos relacionados con tareas eminentemente físicas, y que también me tenían a mí como único responsable. El almacén estaba situado dos pisos por debajo del nivel de la calle y era enorme, una gran nave de la cual partían dos anchos pasillos que daban acceso a los vestuarios y la sala de máquinas, por un lado, y a los despachos y oficinas por el otro. Yo trabajaba en la nave grande, rodeado por cientos y cientos de libros, que si bien al principio habían llamado poderosamente mi atención –ya sabes lo mucho que me gusta leer- había acabado por ignorar, o intentar ignorar, ya que rara era la semana que no compraba dos o tres, y mi exiguo sueldo se resentía considerablemente. Mi horario comenzaba a las dos de la tarde y finalizaba a las diez de la noche, cuando se cerraba la tienda, un horario que me permitía entregarme a mis pequeñas dosis de autodestrucción nocturna y recuperarme razonablemente por las mañanas para llegar de nuevo al trabajo en un estado más o menos presentable. El personal de oficinas se iba a las siete de la tarde, y durante esas tres horas yo era la única persona que trabajaba en aquella inmensa nave, trajinando con cajas y libros, y sintiendo siempre el continuo zumbido del aire acondicionado en mis oídos. Sólo de tarde en tarde bajaba algún empleado de la tienda a buscar algún libro, o simplemente a charlar un rato conmigo, más por escapar de la pesadez de los clientes que por la enjundia de mi conversación, pero la mayor parte del tiempo trabajaba solo, un trabajo monótono que normalmente me permitía aislarme de lo que sucedía tras la puerta de acero del almacén, trabajando de una forma mecánica y monocorde, fumando y, en ocasiones, bebiendo el cava barato que se servía en las presentaciones de los libros y que algún inconsciente había dejado bajo mi responsabilidad, aunque el sabor de aquel brebaje tampoco me predisponía a grandes alegrías etílicas. El caso es que en aquella tienda había encontrado cierto orden frágil e inestable dentro de la caótica vorágine en que se había convertido mi existencia. Como ya te he dicho, de tanto en tanto bajaba al almacén algún empleado de la tienda, por motivos no siempre relacionados con el trabajo. De entre todos, a quien más solía ver por mis dominios subterráneos era a J., cuyas amplísimas y no muy bien delimitadas funciones en la tienda le permitían moverse por la misma a sus anchas sin tener que dar demasiadas explicaciones de sus movimientos.. Entre los dos había nacido casi instantáneamente una fuerte corriente de simpatía, y era una de las pocas personas que lograba arrancarme una sonrisa incluso en mis peores días. Aquel tipo había nacido prácticamente en la tienda, y conocía al dedillo todos sus recovecos. Supe de la existencia del túnel un día que, entre los dos, movimos unas enormes pilas de cajas amontonadas en un cuartito situado en una esquina del almacén, justamente en la parte opuesta a las oficinas y a la salida hacia la tienda. El caso es que, al mover las cajas, donde yo esperaba ver la pared del cuartito apareció un tramo de escaleras que descendía un par de metros hacia un pequeño rellano, a la derecha del cual se abría la entrada a un túnel excavado en la tierra cuyo final yo no acertaba a distinguir. De la entrada del túnel surgía un desagradable olor a fango corrompido, a aire viciado, a lobreguez. J. me miró, sin duda divertido ante mi sorpresa y perplejidad, soltándome a bocajarro un detallado y farragoso muestrario de todas las explicaciones humorísticas que había imaginado para justificar la construcción de aquel extraño túnel, antes de concluir que no tenía ni idea de las causas que habían motivado su excavación. Sólo acertó a explicarme que el túnel corría paralelo a la pared del fondo del almacén, bajo la calle, acabando en otras escaleras similares a las que habíamos dejado al descubierto y que finalizaban en una pequeña puerta también cegada por cajas de libros y paquetes de bolsas de plástico. Según él, a unos diez metros se abría hacia la izquierda otro pequeño túnel, perpendicular al primero y de unos dos metros de longitud, sin salida, como si su excavación se hubiese interrumpido abruptamente. Siempre había sentido cierta aprensión hacia las cuevas, por pequeñas que fuesen, naturales o artificiales, pero en aquella ocasión pudo más mi curiosidad, y di un par de pasos dentro de la oquedad, cubierta por una espesa capa de telarañas. El olor a limo pútrido era allí más intenso. El pasadizo era estrecho, un túnel artificial sin ningún tipo de instalación eléctrica, ni cable, ni respiradero, nada que justificase las molestias de perforarlo. Sólo una larga, húmeda, sucia y estrecha cueva artificial que contrastaba poderosamente con el enorme y aséptico almacén del cual sólo la separaba una pared. Me sobrecogió la sensación de extrema soledad y desamparo que experimenté en el umbral de aquel túnel, y recuerdo que pensé que podría enloquecer si alguien me encerrara allí dentro, aunque sólo fuese durante unos minutos. Giré la cabeza y observé a J., mi compañero, que observaba la entrada con la misma expresión de indefinible temor que estaba seguro se reflejaba en mi rostro. Antes de girarnos los dos hacia los escalones y volver en silencio hacia el almacén, me fijé en un detalle que, en aquel momento, sólo catalogué como un dato curioso, un detalle que ahora me llena de pavor y horror. Las paredes de la cueva, por lo menos hasta donde yo alcanzaba a verlas, estaban ennegrecidas, como si alguien hubiera encendido un gran fuego dentro del túnel, cosa que en aquel momento me pareció tan sin sentido como la construcción del mismo. Yo hubiera vuelto a cegar la entrada a la cueva inmediatamente con decenas, cientos de cajas y bolsas, y estoy completamente seguro de que J. hubiera secundado con entusiasmo mi idea, pero nuestro jefe quería inventariar las bolsas y tuvimos que dejar libre acceso al pútrido túnel. Sería cosa de un par de días, y me resigné, añadiendo el malestar y la desazón que aquella situación me producía a tantas otras sensaciones negativas que por aquel entonces campaban a sus anchas por mi mente. Todo ocurrió el día siguiente. Yo siempre había pensado que ese tipo de cosas necesitan su tiempo, generar una serie de indicios, provocar una situación de desazón paulatina en la víctima, hacerle dudar de sus sentidos hasta conducirlo hacia una traca final de horror y espanto. Pero estaba equivocado. Eso sucedió de repente, sin previo aviso. Y yo no era ninguna víctima. Simplemente, estaba una vez más en el lugar y momento equivocados. Ese día amaneció lluvioso, no con la lluvia fuerte, espesa y fresca que limpia y deja olor a tierra mojada incluso en el negro y sucio corazón de una gran ciudad. Unas negruzcas nubes destilaban una fina y caliente llovizna que dejaba una película oleaginosa y resbaladiza en las aceras de la ciudad y una pátina de mal humor en las almas de los viandantes. Entré en el almacén a las dosde la tarde, chafado por el terrible bochorno de un mes de julio y con la ropa pegada al cuerpo como una caliente funda de tela. El aire acondicionado no funcionaba, y la ausencia de su zumbido contribuía a hacer del almacén un sitio ominoso y tétrico, como una gigantesca tumba cuyo silencio absoluto sólo era roto por el ruido del agua al circular por las cañerías del techo. Veía en la esquina del almacén la puerta del cuartito, y un escalofrío recorría mi espalda al imaginar los cuatro peldaños que descendían hacia la boca del túnel, con sus paredes renegridas y calcinadas. Comencé a trabajar compulsivamente, pensando que el trajín me distraería de mis temores, pero no podía dejar de pensar en la negra herida que corría tras la pared del almacén, solamente a un par de metros de donde yo tenía mi mesa. La mitad del personal de la tienda estaba de vacaciones, y los que quedaban estaban demasiado atareados o demasiado agotados como para bajar a charlar conmigo. Incluso J. tenía fiesta aquel día, por lo cual tenía el almacén para mí solo, precisamente el día que menos deseaba la soledad. A eso de las nueve de la noche subí las dos plantas de la tienda para tirar unos cartones en el contenedor de la calle. La pegajosa llovizna de la tarde había derivado en una furiosa tormenta. Un cielo negro y encapotado vomitaba furiosamente espesas cortinas de agua, y a cortos intervalos de tiempo trallazos de electricidad preludiaban el estampido colérico de unos truenos potentes como no recordaba hace tiempo. Recuerdo que pensé que aquella tormenta era lo más parecido a un bombardeo nocturno sobre la ciudad, y estuve haciendo cábalas durante unos instantes sobre el sitio donde me escondería si de repente comenzaran a caer bombas cerca. Ahora, aquellos pensamientos me parecen extrañamente premonitorios. Bajé al almacén a eso de las nueve y cuarto de la noche, cruzando una tienda semivacía, sólo ocupada por dos o tres empleados contratados para suplir al personal de vacaciones. Desde mi puesto de trabajo me llegaba el sonido de los estampidos de los truenos, amortiguados por los dos pisos que había por encima del almacén. Más o menos a las nueve y media, cuando sólo me quedaba media hora para largarme, comenzó el apagón. Una oscuridad total se adueñó del almacén. Solamente brillaba muy débilmente una luz de emergencia situada sobre la entrada al cuartito de la cueva, con una fosforescencia lechosa que la dotaba de una atmósfera lóbrega e irreal, que sólo permitía distinguir muy vagamente los contornos de las cajas que estaban a su alrededor. Por aquellas fechas, estaba intentando dejar de fumar, por el científico método de esconder mechero y cigarrillos en lugares extraños, con la intención de no encontrarlos cuando las ganas de fumar se hicieran muy intensas. Normalmente siempre los encontraba, era para lo único que tenía algo de memoria, por lo que seguía fumando como siempre. Pero en aquella ocasión no hubo manera. Busqué en mis cubetas como un loco, intentando localizar mi mechero para acceder a la puerta del almacén sin tropezar ni golpearme con nada, los nervios a flor de piel, intentando no mirar hacia la espectral entrada del cuarto, preso de un progresivo pánico que se enseñoreaba de los territorios de mi mente donde se suponía tenía que reinar la lógica y la serenidad. Fue mientras buscaba frenéticamente el mechero cuando aquel horrible olor inundó el almacén, dejándome clavado en el sitio. Olía a quemado, pero en ningún momento pensé en un cortocircuito o en un incendio. Ojalá hubiera sido eso. El olor que me hacía temblar y respirar rápida y entrecortadamente era olor a carne quemada. Sólo podía pensar en gente ardiendo, incendios en discotecas, los cuerpos calcinados y horriblemente retorcidos de los cadáveres de aquel camping arrasado por una gigantesca nube de gas abrasador, herejes en la hoguera gritando enloquecidos de dolor, madres con sus hijos saltando envueltos en llamas desde pisos ardiendo. Un humo espeso, ocre, químico, invadió el almacén, y de pronto una extraña y vívida luz comenzó a salir del cuartito del túnel. Era una luz cambiante, como proyectada por una inmensa hoguera que alguien hubiera encendido dentro del túnel, una luz que se deslizaba entre el humo creando una niebla fosforescente y espectral, que difuminaba los objetos, permitiendo apenas entrever sus formas. Fue entonces cuando las cosas comenzaron a salir del cuarto, apenas entrevistas entre la espesa humareda, pequeñas, negras, horribles parodias de diminuto cuerpo humano de miembros retorcidos y humeantes. Ni siquiera noté el caliente flujo de orina deslizarse por mis piernas. No podía apartar la vista de aquellas horribles cosas que avanzaban hacia mí, apartando penosamente las cajas con aquellos sarmentosos dedos calcinados. En lo que era, o había sido la cabeza brillaban dos ascuas incandescentes inyectadas en sangre, y una horrible abertura sanguinolenta dejaba escapar gemidos semejantes a los de un agonizante presa de espantosos dolores. Conseguí retroceder un par de metros antes de volver a quedar paralizado de terror. Aquellas cosas estaban frente a mí. Noté docenas de puntos rojos fijados en mí, los enloquecedores gemidos de aquellas criaturas llenaban el almacén de una sinfonía de dolor y locura. Pensé que iban a atacarme, a despedazarme, a arrastrarme con ellos a la cueva, a algún pozo que comunicaba directamente con el infierno, pero entonces comenzaron a cogerse de la mano, entrelazando penosamente aquellos dedos deformados y retorcidos, alineándose, formando en pocos segundos tres o cuatro organizadas filas, como una horripilante remedo de una compañía militar preparada para pasar revista o para desfilar, o como...¡¡Dios, de pronto lo comprendí!!. Grité y grité frente a aquellas desdichadas criaturas, enloquecido por la verdad que se abría paso en mi mente, y los gritos me dieron la fuerza suficiente para salir corriendo de aquel maldito lugar, golpeándome contra cajas, columnas, qué se yo. Abrí como pude la puerta del almacén y avancé entre el viscoso humo que llenaba la tienda. Avanzaba por la tienda desierta y los libros y las estanterías comenzaban a arder a mi paso, pero yo sabía que ni aquel humo me asfixiaría ni aquellas llamas me quemarían. Sería algo más sutil lo que me ahogaría y quemaría hasta el fin de mis días. Por fin, la mano enguantada de un bombero me sujetó por el hombro y me arrastró hacia la calle, donde mis asustados compañeros observaban el súbito, inexplicable y voraz incendio que estaba arrasando la tienda hasta los cimientos. En esas circunstancias, mi estado de nervios pasó completamente desapercibido. Creo que fuiel único que vio, mientras me arrastraban hacia la ambulancia, a aquel grupo de cosas negras intentar avanzar entre las llamas hacia la salida, desorientados en un sitio que ya no les era familiar". Apenas había podido musitar las últimas palabras, sobrecogido por sollozos entrecortados. Rafa me miró, callado, observando los regueros de lágrimas que se deslizaban por mi cara, hasta que conseguí calmarme. -Eso es todo. Como te he dicho antes, finge que me crees, aunque pienses que estoy loco. Ayúdame a soportar este espanto. -Te creo, amigo – si era una actuación, era bastante buena-, por lo menos creo la mayor parte de lo que me dices. Pero hay una cosa.... Sí, ya sé a qué te refieres. Pensé que no me lo preguntarías, de hecho me hubiera gustado que no lo hicieras, pero veo que tu curiosidad es más grande que tu horror. A mí me pasó lo mismo. Aunque ya sospechaba el porqué del extraño comportamiento de aquellas criaturas, quise saber más. He estado investigando un poco por mi cuenta, buscando la confirmación a mis sospechas. Ojalá no lo hubiera hecho. Ese edificio no ha sido siempre una librería, ni siquiera una tienda. Hace unos cincuenta años también había libros, sí, pero eran los que estudiaban los niños de la escuela Mossén Jacint Verdaguer –el rostro de mi amigo palideció intensamente, intuyendo la terrible verdad-. He visto la foto en viejos periódicos de la época, durante la Guerra Civil española, y he hablado con un par de maestros que, para su desgracia, han sobrevivido a aquel espantoso acontecimiento. Fue un hecho acallado, como tantos otros, por las fuerzas de ocupación nacionales. La mayor parte de los niños que asistían al colegio Jacint Verdaguer eran hijos de dirigentes republicanos. Cuando las tropas nacionales entraron en Barcelona, unos cuarenta niños permanecían en el colegio; sus padres, que no habían podido huir a tiempo, temían represalias por parte de los vencedores, y querían mantener a sus hijos alejados de ellos durante un tiempo. Fue un inmenso error. Un cuerpo de requetés borrachos de aguardiente y victoria entró en el colegio y lo arrasaron a sangre y fuego. Machacaron a golpes a los profesores y los obligaron a bajar al sótano, justo donde se encontraba el almacén de la tienda. Uno de ellos llevaba un lanzallamas –en los ojos de mi amigo se reflejaba un espanto sin límites-. . Los profesores les suplicaron que dejaran marchar a los niños, arracimados muertos de miedo en un refugio antiaéreo excavado a toda prisa durante el último mes, pero ellos iban demasiado borrachos, eran demasiado fanáticos, y se burlaron de ellos, escupiendo proclamas fascistas y gritando que iban a acabar con toda la prole roja sobre la faz de la tierra. El soldado del lanzallamas estuvo media hora vomitando fuego dentro de aquel túnel. El maestro que me lo explicó lloraba al contármelo. Me dijo que los gritos de aquellos niños no le habían permitido una noche de paz en cincuenta años, y el pobre hombre no sabía que estaba describiendo también mi futuro. Supongo que ya sabrás qué eran esas cosas calcinadas que salieron de su refugio y se alinearon frente a mí en el almacén, en filas, como hacían siempre, creyendo que por fin un profesor había venido a sacarlos de allí.

Categoría: "relatos breves"
Es noche de otoño en la ciudad. La niebla espesa se extiende por las calles. El viento helado sopla de manera espectral. Afuera agazapados por la oscuridad, cientos de pequeños ojos brillan con su maligna fluorescencia. Es la época del cielo gris; sin estrellas. Algo perverso se respira en el aire. El viento continúa soplando, y una ráfaga violenta golpea el tejado de una vieja morada, en donde un niño tiembla, víctima de alguna horrenda premonición.
La casa es siniestra y antigua. Las maderas crujen por la gélida temperatura. La vegetación que le rodea está muerta. El hedor a musgo y abandono inundan el ambiente. El pequeño está en su habitación, de vez en cuando, un escalofrío recorre su espalda. El temblor aumenta, no es el frío lo que lo provoca, son muchas cosas: El otoño, la soledad; Un leve golpeteo en el vidrio; o tal vez el horror.
El pequeño se encuentra en absoluta soledad, por primera vez en otoño. Su atormentada mente intenta buscar consuelo en el pasado, y es entonces cuando un rostro aparece en su memoria: El rostro de abuela que se ha marchado para siempre.
La soledad congela al niño, extraña la compañía de su ancestral amiga. Anhela el calor de su voz mientras contaba cuentos de un viejo mundo. Epopeyas de una raza insolente, que inducían al pequeño al confortable sueño. El niño se siente solo, a pesar de que su madre vive junto a él. Extraña la protección de su antecesora, sus ojos grises, su larga cabellera nevada. Siente miedo a perderse en el océano desconocido de la desolación, y pronto su mente lo lleva al pasado, a un momento que de alguna forma se grabó en su memoria.
Antes que Abuela muriera, habían hechos aislados que preveían su deceso. El otoño la había dejado sepultada en su lecho hasta el fin de sus días, la mente de ella no era la misma, divagaba; se perdía en el pasado, confundía nombres y a veces se irritaba demasiado.
Él debía haberlo previsto. Algo ya anunciaba la llegada de la muerte:
Una imagen de La Virgen partida a la mitad. Su voz cálida se hacía áspera y gutural, ella recitando extrañas letanías en un lenguaje desconocido para todos en la casa. Rezos y más rezos.
—Ella rezaba por su alma —piensa el pequeño aterrado.
Entonces el niño se dedica a acompañarla en sus últimas horas, a veces siente que ella no es la misma desde la llegada de la enfermedad. Pasa tardes enteras contemplando su rostro, intentando descubrir al nuevo ser en que abuela se ha convertido...
Al fin un quejido progresivamente agudo, una última palabra en ese idioma desconocido, un leve tinte morado en sus resquebrajados labios, y la sensación de algo que abandonaba el cuerpo. Unos minutos más de observación, el tacto. El frío penetra en su cuerpo, es él quién debe avisar a su madre: Abuela ha muerto.
—Es otoño, y es en esta época en donde regresan Ellos —Eso decía su abuela ,y ahora el pequeño sentía que aquella sentencia se repetía una y otra vez en su cabeza. Todo era incierto; ¿Porqué sentía tanto miedo? ¿Existía algo que él había hecho? El fantasma ignoto de una culpa golpeteaba las sienes del niño, mas no podía encontrar una respuesta en sus recuerdos.
Una ráfaga vuelve a golpear el empañado vidrio de la ventana. Un chotacabras canta en el umbral de su hogar: "Pronto vendrán ellos" piensa el niño, "el pájaro anuncia cuando andan cerca".
Él observa su reloj-pulsera: Medianoche, la hora de los espantos y los espectros. Se mete en su cama y vuelve a temblar. Una energía helada y fantasmagórica intenta meterse en su pecho. El pequeño grita, pero en su casa todos se han dormido. Entonces enciende la lámpara, dormirá con la luz encendida, tal vez mañana se sentirá mejor. Pero sabe que eso no es cierto.
Su mente regresa al pasado, una y otra vez intenta recordar algo que hacía penetrar la culpa en su alma: Una expedición a un rincón prohibido de su hogar, un viejo cuarto repleto de ratas y olvido. Un cofre marrón que esconde secretos. El niño aprende, comprende, y siente temor...
Hay alguien de su familia sepultado bajo la iglesia de su pueblo, alguien que conocía demasiado acerca de la naturaleza; alguien que vagaba por las noches en las praderas yermas y desoladas. Su antepasado.
Una temible verdad comenzaba a ser revelada en la mente del pequeño:
—Cuando llegue el día serás llamado por Ellos.
—Abuela no rezaba por su alma, ella rezaba por mí— dice el pequeño en voz baja, a la vez que lentamente abandonaba la esperanza.
El niño recordó un extraño sueño, donde emprendía el vuelo sobre los oscuros tejados de su tierra natal.
Su memoria recordó hechos que lo condenaban, aberrantes acciones que él había cometido; pequeños juegos que se transformaron en error:
Una niña que lloraba amarrada a un viejo roble. Un pacto de sangre. Pequeñas criaturas de Dios, muertas sin sentido. Una simpatía bizarra por ciertos lugares que nadie se atreve a frecuentar.
Sus cavilaciones pronto fueron interrumpidas por un viento salvaje que sacudió los cimientos de su hogar. El niño cerró los ojos, y completamente aterrado se abandonó ante los designios de la noche: —Ellos han llegado...
Es un sueño macabro: El niño surca el aire, volando sobre los tejados de las casas de la ciudad. A su lado: Bultos negros sin forma acompañaban su tránsito.
Abajo: Cientos de hogueras, y cuerpos danzando en éxtasis abandonando su antigua forma. Más allá: Una figura monstruosa, demasiado semejante a él ríe saltando sobre las llamas ardientes.
—Ha sido un sueño extraño— piensa el pequeño. Despierta y el sol ya está en el oriente, en su hogar todo yace en silencio. Ha sido una larga noche y el terror ha desaparecido. Esa tarde busca la soledad y la encuentra en un rincón prohibido de su hogar. Hay algo que ha cambiado: Una mancha de líquido en el suelo, un papel y una nota extraña: He fallado
han regresado
Alguien surca el aire
Dios ha muerto.
¡Mamá! Gritó el pequeño... volvió a repetir la operación, pero no hubo respuesta. Los ojos del niño dieron una frenética ojeada a todo el cuarto. Había algo que colgaba del techo; él no deseaba mirarlo... lentamente comenzó a atar cabos sueltos. ¿Qué había sucedido la noche anterior?, sólo tenía imágenes desnudas, incoherentes, cientos de palabras extrañas en una lengua que no comprendía.
Alguien entró en la habitación, era un hombre viejo con un rostro firme, casi autoritario, pero si el niño no lo conocía: ¿ Porqué no se sintió perturbado por aquel intruso?. . . ¿Es que de alguna forma sabía a qué había venido?
El niño volvió a mirar aquello que colgaba de la habitación. Esta vez miró con detenimiento: Primero observó unos pies flotando en el aire, luego subió la vista hasta las piernas que se agitaban pausadamente de un lado a otro, desde las piernas hacía el suelo goteaba un líquido fétido. Inmediatamente lo asimiló con la orina. No necesitaba ver el rostro de la mujer que se mecía en el techo... Comenzaba a comprenderlo: Su madre se había ahorcado.
No hubo llanto alguno en el niño. Al ver el rostro del extranjero que penetraba en la estancia, comprendió: Estaba en su sangre. El extraño hombre de los ojos vacíos y oscuros, le tendió su huesuda mano:—Es tiempo de marcharnos— le dijo con una voz cavernosa y familiar.
Esa noche de muerte regresó al lugar de sus sueños. Remontó el vuelo por sobre los tejados de su pueblo natal, alguien estaba a su lado, sus pupilas negras se clavaron en los ojos del niño, mientras una horrible carcajada cabalgó en el viento. El pequeño no sentía miedo, pronto sería como él.
En ciertas noches de luna menguante, cuando un viento helado comienza a mutilar la vegetación, los tejados de los hogares crujen y los vidrios tiemblan.
Un niño pequeño siente dedos que se deslizan por su ventanas, la voz del viento lo llama por su nombre. Siempre es así, nadie puede hacer nada. Cientos de madres condenadas deben entregar sus ofrendas para aplacar la ira de aquel demonio que surca el aire.
Comenzó arrancándose con los dientes un pellejo de su pulgar derecho, y después de un tiempo, ya tenía el cuerpo de un niño en el congelador.
Le gustaba desangrarlos antes de comer el cuerpo; los colgaba de los tobillos, aún vivos, como a las reses en un gancho de carnicería; con los antebrazos abiertos en canal, hasta que la bomba cardiaca se detenía. No importaba la edad o el sexo.
Salir de caza no era algo cotidiano, un adulto podía durar en el refrigerador hasta un mes antes de ponerse demasiado tieso e insípido; luego salía a la calle y elegía a otra víctima, la estudiaba. El único requisito era estar sano y rechoncho. Cuando el ataque era seguro, no había forma de escapar, la cacería era fulminante.
Había conseguido una pistola de aire, de las que usan en los rastros para sacrificar marranos; en la televisión dijeron que el estrés liberaba toxinas en los músculos al momento de la muerte, y eso afectaba el sabor.
Seguía al elegido, tras encontrar el lugar y momento indicados, ella saltaba desde la oscuridad, y dejaba escupir, a la pistola de aire, un perdigón de acero que se incrustaba en el cráneo, entre ceja, ceja y media madre, causando una muerte segura. En un principio, necesitó de dos o tres disparos, pero la practica la amaestró.
Una noche abrió la nevera y sólo halló una carcasa descarnada; lo único de peso dentro de ella era el hígado, un pedazo de víscera apelmazado.
—Todo menos hígado —, dijo, como reclamándole al refrigerador.
Salió a la calle, y entró en el torrente de las arterias de la ciudad. Esta vez no habría tiempo para prolongar el acecho, así que sólo buscó guiada por el instinto.
Entró a un bar dispuesta a enganchar a cualquier viejo rabo ver-de; no pasó mucho tiempo para que un hombre se acercara a ella. Era un cincuentón no muy atractivo, pero estaría bien.
Lo sedujo y lo llevó hasta la cama de su improvisada carnicería. En un momento de descuido, le ensartó un pedazo de metal en la frente. Siguió con la rutina de preparar el cuerpo, sólo que al abrir los antebrazos, no escurrió ni una gota de sangre.
Extrañada, sacudió con violencia el cuerpo. Nada. Ya molesta, tomó un machete y empezó a golpear en cuerpo, produciéndole incompletos tasajos.
En el momento en que estaba apunto de sesgar la cabeza, unas manos heridas detuvieron el vuelo del metal. Los ojos del cuerpo se abrieron y ella entendió instantáneamente el significado de la frase “quedarse congelada”, cuando miró con las imágenes de quien está a punto de perder la razón, al hombre herido descolgándose, figura furtiva que se transformaba, se convertía en otra cosa con cada movimiento.
Cuando la imagen de un roedor antropomorfo, pálido y con poco pelo apareció ante sus ojos, ella supo que no habría nada más. Ni siquiera intentó gritar. Era imposible, pero aquel ser lacerado, aquella bestia semihumana y desnuda la golpeó, dejándola atarantada.
La creatura sujetó el machete y cortó un trozo de su propia carne.
Con las garras, abrió la boca ensangrentada de la mujer, y metió el trozo de piel y músculo hasta donde alcanzaron sus dedos. La obligó a tragar.
Luego de una muerte violentada por fuertes convulsiones, la mujer despertó. Lo primero que vio fue a aquel hombre maduro cazado en el bar, intacto, sin una sola herida, que le dijo:
—Vamos, mujer, que ahora yo te enseñaré a cazar como se debe...
El aire se corrompía conforme se acercaban.
Ella lo guiaba lentamente por callejones formados con cajas de madera delgada, rastros de verduras amargas desechaban sus vapores sobre el suelo. Y la mugre que se adhería a sus botas eran vestigios de extrañas sensaciones humanas, lágrimas y sudores que delataban la condición humana.
El viento en contra hizo que la esencia acaramelada de la sangre de Merlina lo enloqueciera, olvidando el entorno. Pensó en su nariz pecosa, en sus ojos avellanados, la figura delgadísima de muñeca que lo tomaba de la mano para guiarle por aquel laberinto.
Se llamaba Luz, pero él prefería llamarla Merlina.
La había encontrado en una lavandería, con esa mirada que delataba una inteligencia por encima del promedio, pero sobretodo, un ansia por salirse, por dejarse llevar.
«¿Se te ofrece algo?», aquella vocecita lo había embrujado.
Al aparecerse ella sobre el mostrador Sariel pensó en un delicioso acto de guiñol, de esos que no veía en mucho tiempo. A sus siete años Merlina era un santuario incorruptible en medio del caos de la ciudad, quizás el último trazo de inocencia que era lo que orillaba a Sariel a protegerla, y a dejarla ser.
No la había raptado, ella misma sabía que tenía que abandonar su hogar en aquel momento. Un par de juguetes, cepillo de dientes y un oso de peluche mugroso que asomaba por la mochila que colgaba de su espalda, equipaje suficiente.
Ella sabía que Sariel era inmortal. Desde el primer momento supo que no estaba vivo.
Merlina le decía cuando había peligro, le advertía sobre el reflejo de luna y ocasionalmente le ayudaba a encontrar a alguna persona «especial». Nunca había visto a Sariel entenderse con esas personas, jamás se lo permitía. Lo curioso era que nunca más volvía a ver a esas personas, sólo en ocasiones asomaban por la mente y sueños de Sariel.
Le gustaba la palidez de él, casi del mismo tono que la suya. Su rostro afilado, sus manos, sus dientes. Hacían una pareja perfecta. Lo cuidaba de día, le narraba historias para alimentar sus sueños, le hablaba del futuro, de los demonios que se apoderaban de él y de sus visiones.
Por la noche eran un par de extraños amantes paseando por los parques. Él la empujaba en el columpio, en ese péndulo que marcaba el ritmo de la extraña infancia de Merlina. Sariel le contaba historias de otras tierras y otros tiempos, de almas que vagaban por la ciudad en busca de compañía, cuentos de sangre y rímel negro.
Merlina era especial en muchas formas, era la única cuyos sueños no podían ser leídos por Sariel. Y él se extrañaba por eso. Sus centurias vagando le habían hecho ver distintas perspectivas del mundo mortal. Aquellas personas que guardaban con celo sus sueños eran más propensas a ser amadas.
Una noche le había dicho que en realidad ella era una bruja. Y Merlina se alegró mucho con la noticia.
Aquella tarde Sariel despertó con la insistencia de ella.
Arrastraba las botas, Merlina se aferraba a su deshilachada chamarra de mezclilla, llevándolo por calles que habían perdido su nombre .
En su interior Sariel sabía que se trataba de una prueba de creencia.
Así que llegaron al mercado, vacío, lleno de focos amarillentos que semejaban estrellas en decadencia.
San Martín Caballero observaba con compasión desde su montura a un mendigo. El cromo se perdía entre una hilera de cabezas de ajos, herraduras y barajas de lotería, todo con un fondo de terciopelo rojo y lentejuelas metálicas que hacían un baño de sangre artificial. Unas pequeñas plantas de sávila, verdes, lechosas, guardaban cada esquina del local saturado de fetiches.
Las ranas secas bailaron con las ráfagas fugaces de viento.
Una anciana, arrugada y casi ciega, entonaba una antigua canción de cuna.
«Señora Santa Ana, ¿por qué llora el niño?»
«Por una manzana que se le ha perdido», pensó Merlina completando la canción, sin meditar que nunca la había escuchado antes en su vida.
Las veladoras en honor a la Virgen de Guadalupe se apagaron de golpe, llevándose la veneración. Los sobres del ungüento del amor, del zorrillo y otros productos desaparecieron a los ojos de Sariel, el olor a incienso le picó en la consciencia. El humo se llevaba los rezos escondidos de la anciana. Podía escucharlos, sigilosos, entremezcla pagana y religiosa que se unía al cielo.
Una mujer joven aguardaba en un rincón. Morena, exquisita. Especial. La astucia refulgiendo en sus ojos, vileza detectable a distancia.
Sariel mostró sus afilados incisivos, abrazando a Merlina, la fiera protegiendo a su cría.
—Dame a mi hija, nahual.
Sariel no comprendió el adjetivo, y mucho menos la maternidad sorpresiva. Las brujas tenían modos extraños de presentarse.
—El padre no tiene nombre pronunciable —la mujer se les acercó con cautela felina, sintiendo el olor de Sariel en la atmósfera, el perfume que pocas personas podían reconocer, partículas destiladas en aquellos organismos mágicos.
Merlina quería llorar, arrancarse a correr, decirle a Sariel que se arrepentía y que no había mejor lugar en la ciudad que aquella lavandería con olor a suavizante donde se habían conocido.
La anciana derramó una lágrima que sólo la niña pudo ver. La habían engañado.
Sariel recibió una embestida de plegarias inconexas, la mujer estaba decidida a arrebatarle a su Merlina. A su única compañía, a su amante.
Se distrajo.
Y las uñas de la mujer trazaron pequeños surcos en el rostro de Sariel, veloces aún para él, impulsadas por una fuerza que escapaba a sus conocimientos.
«Yo por ti me moriría de nuevo», pensó.
Surgió la bestia contenida en él, buscando el daño preciso, el frágil hilo de la vida que pudiera romperse. Por que la bruja, después de todo, tenía la sangre caliente. Y cada gota ácida que cayó sobre su cuerpo le llenaba de confusión.
Comprendió que Merlina observaba a la creatura que en realidad era Sariel.
Pero lo hacía por ella.
Y la afilada dentadura encontró el cuello, desgarrando la piel, llenando su boca con sangre hechizada, saturada con sabiduría obscura, antigua.
La separó de él.
—Tu y yo somos de la misma especie —la mujer habló sofocándose, mezclando sus lágrimas con su propia sangre—. La niña te traerá problemas.
«No importa», pensó Sariel. Hundió su delgado brazo en un costado de la mujer, percibiendo su dolor, su extinción ingrata. Tomó el negro corazón que se convirtió en arena.
El resto de su cuerpo se marchitaba lentamente, contrayéndose en una combustión invisible propia de aquellos que poblaban la noche.
Sariel lloraba. No sería inocente a los ojos de su Merlina
«Yo por ti me moriría de nuevo», la besó en la frente.
Para ella Sariel siempre sería inocente. Por que los niños siempre buscaban un refugio, un amigo imaginario que los protegiera, que los escuchara. Merlina tenía mucha suerte, Sariel era real. Tomó del suelo una baraja de lotería. El Diablito bailaba gozoso en aquel rectángulo de cartón. Sariel era parte de una lotería obscura que se abría paso en tierra extraña. Sonrió.
La calma.
Aquellos seres nocturnos no existían. No en este mundo. No al que alguna vez Merlina había pertenecido.
La anciana abrazó a Merlina y la santiguó con una fe envidiable. Descolgó de su estantería un pequeño amuleto, una semilla redonda, obscura, un ojo de venado. Lo colgó alrededor del pequeño cuello. Ahora Merlina estaría más protegida que nunca.
—¿Quién es Merlina? —preguntó Sariel a la anciana.
—Tu corazón —la anciana le acarició las heridas que de inmediato sanaron.
Había cosas en el mundo que se podían curar.
Los vio alejarse.
—¿Y tú que eres? —Merlina preguntó mientras descansaba su cabecita en el hombro de Sariel
Él no contestó. No lo haría.
Sariel la cargó de camino a su refugio. Y por primera y única vez le leyó un sueño, mismo que guardaría como un preciado tesoro.
Merlina durmió hasta muy tarde al día siguiente, sujetando con firmeza el ojo de venado sobre su pecho. Al despertar, observó a Sariel en su trance, y recordó lo que él le había dicho en sueños:
«Aquí es la encrucijada, Merlina. Soy parte de ti, y te protegeré hasta que crezcas, hasta que llegue el punto en el que comprendamos tu verdadera misión en este mundo cambiante. Podrás contarle a la gente sobre nuestras experiencias, lo contarás cuando seas una verdadera bruja, pero mientras descansa, soy solo un demonio que desplaza leyendas que poco a poco mueren, y créeme que no es nada fácil llevar esta carga...
«Te amo.»
Merlina abrazó a su vampiro, esperando pacientemente hasta que el crepúsculo los reuniera de nuevo.

-Me he perdido -le dijo a los árboles.
La fría brisa del atardecer acariciaba sus mejillas, mientras se preguntaba como demonios podía haberse perdido a pesar de llevar un plano de ese gigantesco bosque, y una brújula en la mano.
Pateó el suelo con rabia, y gritó:
-¡Nunca debí haber venido! ¡Mierda! -y se sentó en el tocón de un árbol, intentando tranquilizarse.
En un principio, la idea de pasar la noche en el bosque no le había parecido mala, todo lo contrario: dos días y una noche de tranquila soledad para leer o para escuchar las aves, simplemente. Y allí estaba ahora: con la mochila y la tienda de campaña a la espalda, en algún lugar de aquel bosque. Un lugar desconocido, por cierto.
Se levantó y echó a andar, resignado. Tenía que encontrar un claro para acampar, de lo contrario tendría que dormir a la intemperie. Al menos tengo el saco, pensó.
Entonces fue cuando llegó al sendero: vio el Cielo abierto, y echó a correr por él: al poco tiempo comenzó a divisar una gran mole gris entre los troncos de los árboles; el camino dio un par de revueltas más y llegó a un gran claro en medio del cual se erguía un gran caserón -casi un castillo, a juzgar por su aire regio-. Parecía habitado, y sin más se acercó, subió unos escalones hasta llegar a la puerta y la golpeó un par de veces con la aldaba. Pudo oír los ecos de los golpes en el interior de la casa a pesar del grosor de la puerta, y antes de que aquéllos se hubiesen apagado, ésta se abrió.
-¿Quién es usted? -preguntó un mayordomo, con cierto tono despectivo.
-Soy un excursionista. Me he perdido y quería preguntar si... -vaciló un instante- si podría pasar la noche en esta casa. -El Sol había desaparecido bajo la línea del horizonte, y el cielo se oscurecía por momentos.
-Un momento -cerró la puerta.
Cinco minutos después, la puerta continuaba cerrada. Sentado en los escalones, mantenía la mirada fija en aquel claro. ¿Y si montase la tienda ahí?, se estaba preguntando, cuando algo chirrió tras él. Se volvió, y vio que la puerta -por fin- se abría.
-Pase -le dijo-. Mi señor le permite la estancia, por esta noche.
Entró en la casa. Por dentro era aún más majestuosa que por fuera. Gruesos tapices donde se recogían, dibujadas, antiguas y legendarias batallas, cubrían las paredes; del techo colgaban grandes lámparas de araña.
-Sígame. -Y subieron al piso superior que sugerían una antigüedad incognoscible. Incluso el mayordomo la sugería, pensó, a pesar de que su rostro no mostraba más rasgos de vejez que los de un hombre de cuarenta, cincuenta años a lo sumo.
Le siguió por un laberinto de pasillos.
Su habitación era grande, con un pequeño y anticuado cuarto de baño. Aquí no había tapices, sino cuadros de extraños dioses, que le hicieron pensar en alguna mitología antigua.
El mayordomo salió, y el invitado se sentó en la cama, tan antigua como todo lo demás.
-Bonita noche al aire libre -murmuraba, mientras se quitaba las botas-. Esta es la última vez. ¡La última!
Toc, toc. La puerta se abrió y el mayordomo entró, sosteniendo una bandeja con comida.
-Su cena -dijo, mientras el otro miraba sorprendido.
-No hacía falta, yo llevaba... -el mayordomo se marchó, sin dejarle terminar y sin despedirse siquiera.
Se quitó la otra bota, y, descalzo, se aproximó a la mesa.Bon apettit, pensó. Sonrió y empezó a comer.
Cuando hubo terminado, se acercó a la puerta para salir, pero no pudo abrirla.
Frunció el ceño. ¿Por qué no se abre?
Probó dos veces más, hasta que le fue evidente que el mayordomo le había encerrado.
-¡Eh! ¿¡Qué pasa aquí!? -gritó, y golpeó la puerta- ¡eh!Quizá no quieran que ronde por la casa.
Se encogió de hombros; se desvistió y se metió en la cama.
Mañana será otro día, pensó cuando cerró los ojos.
****************
Se despertó sobresaltado. Aún era de noche. Le había parecido escuchar algo en la puerta.
Esperó, pero no oyó nada más.
-Lo habré soñado -murmuró, para tranquilizarse, mientras cerraba los ojos
¡otra vez ese sonido!
Se sentó en la cama; sus pies rozando el suelo y su corazón a punto de estallar.Parece como si arañaran la puerta, pensó. ¿Será el mayordomo, que intenta gastarme una broma? Seguro de ésto último, dijo en voz alta:
-¿Oiga? ¿Qué sucede?
Entonces oyó un gañido y el trote de un animal que se alejaba. Tragó saliva y, cubierto de sudor frío, se volvió a meter entre las sábanas.
Agradeció a Dios que la puerta estuviese cerrada con llave.
A pesar de ello, apenas pudo conciliar el sueño el resto noche.
****************
El resplandor del Sol se colaba por entre las cortinas.
Miró su reloj. Eran las siete de la mañana.
Se levantó, se vistió y se lavó la cara. Al mirarse en el espejo comprobó que éste deformaba el reflejo cómicamente.
Se acercó a la ventana y descorrió las cortinas. El Sol naciente entró en todo su esplendor. Miró hacia el bosque y se percató de que aquella era la zona de la cual él había salido, aunque ahora tuvo ese sentimiento de antigüedad que la noche anterior tuvo al subir las escaleras. Se preguntó cuál sería la edad de aquellos árboles. ¿Cientos, miles de años, quizá? Le pareció que estaban ahí desde épocas inmemoriales.
La puerta principal se abrió de un portazo, y el chico miró hacia abajo:
de la casa salía un lobo del tamaño de un caballo con una persona entre sus fauces.
Se separó de la ventana, aterrorizado. Recordó la noche anterior, y se lanzó a la puerta: para su alivio, seguía cerrada con llave. Aquella monstruosidad no podría alcanzarle.
Escuchó un alarido y el chasquido de huesos rompiéndose.
Se acercó a la ventana y volvió a mirar.
Abajo, el lobo se relamía las fauces. Debajo de él sólo quedaban unos despojos.¿A quién se habrá comido? El miedo le había aturdido. No podía dejar de mirar por la ventana. ¿A quién?
Entonces vio unos jirones de ropa entre los restos.
La ropa del mayordomo.
Cayó desmayado.
****************
Se despertó, notando la cama bajo él. Se sentía completamente en calma, y durante aquel momento de lasitud no movió un sólo músculo.
Entonces recordó, y se levantó de un salto: la puerta estaba destrozada. Asustado, se asomó por la ventana.
Allí estaba el lobo, devorando otra presa.
-¡No ha sido un sueño! ¡¡NO HA SIDO UN SUEÑO!! -gritaba, aterrorizado, lo que en el fondo de su corazón ya sabía. Se dio la vuelta para huir, pero se quedó clavado en el suelo
porque el mayordomo estaba de pie en la puerta.
-¡USTED! -gritó con todas sus fuerzas- ¡¡USTED ESTÁ MUERTO!! -retrocedió un paso.
-No intente escapar.
-¿QUÉÉÉ?
-No intente escapar -repitió-. Aun si tuviera un cuerpo le resultaría difícil. Sin él no lo intente. No podrá.
-¡Usted está muerto! ¡Yo le vi morir! -retrocedió y miró por la ventana. El gigantesco lobo se adentraba en la espesura. De pronto todo le pareció irreal, y temió haberse vuelto loco.
-Sí -dijo el mayordomo, ante la sorpresa del otro-. Morí en mil novecientos ochenta, de una pulmonía. En el ochenta y cinco, un cáncer me mató; y volví a morir ocho años más tarde asesinado por una de las gárgolas del tejado, que cobran vida a media noche.
-¿Quééé?
-La última vez que morí fue esta mañana, devorado por el lobo.
-¡Usted está loco! -gritó, exasperado, convencido de haber sido objeto de una broma pesada.- Todo ésto tiene que ser un montaje.
El mayordomo entró en la habitación.
-Vendí hace años mi alma al dios Hom'Sthotath, el Soberano de lo Muerto. ¿Sabe algo sobre Él? ¿No? No importa. Ahora sirvo al Guardián de la Puerta hasta el glorioso día en el que Él pase a nuestro plano de existencia y reine sobre la Tierra.
-Todo esto es un montaje -repitió, esperando un "sí" que no llegó.
-En cuanto al lobo... -continuó-, él es el Guardián. Ayer no me permitió que le diera cobijo a usted, pero le desobedecí, y él, al ver esta puerta cerrada y percibir el olor a ser humano, advirtió esta desobediencia y me mató; no obstante mi cuerpo inmortal resucitó de nuevo.
-¿Por qué lo hizo?
-Necesitaba compañía.
-¡No me quedaré! Dios mío... ésto no puede ser real.
-Si mira al suelo, verá sangre.
Obedeció; a sus pies había un charco de sangre.
-Si me acompaña, sabrá de quién es -el mayordomo salió de la habitación, y el chico fue tras él.
Bajaron las escaleras. El mayordomo abrió la puerta principal y dijo
-Dígame, ¿qué es lo que ve? -el aludido miró al exterior.
-Oh Dios... restos humanos.
-Fíjese bien.
Obedeció, y vio entre el fango unas botas y ropa de abrigo, hecha jirones.
-Ahora eres un alma en pena; permanecerás atado a esta casa hasta el final de los tiempos.
El chico le miró.
-¿Qué?
-Has sido devorado por el Guardián.
Una amplia región del mundo que había al otro lado del espejo estaba ocupada por una estirpe de monstruos reptantes de cuerpo gelatinoso. Habitaban raras ciudades, ya que un extraño ciclo evolutivo los había dotado de inteligencia. Desde tiempos inmemoriales combatían contra los monstruos del subsuelo, que habían bajado de las nubes. No obstante, desde que surgió el problema que ahora los tenía ocupados, que era mucho más acuciante que la batalla, los dos bandos habían acordado una tregua, ya que concernía a ambos: hacía cinco millones de ciclos el Sol se había puesto, y desde entonces se había negado a salir otra vez. Los reptiles gelatinosos temían la extinción de su especie ya que, aunque eran muy longevos, podían morir si cada determinado espacio de tiempo no devoraban una porción de Sol. De hecho, varios reptiles habían experimentado ya la terrible Mutación, que para ellos significaba la muerte: su cuerpo comenzaba a resplandecer, transformándose en una esfera de luz errante sin conciencia de sí misma.
Cuando la desesperación les ganó, recurrieron al último recurso que les quedaba: invocar a la Reina.
La Reina era un ser todopoderoso que provenía del Otro Lado y que había llegado de una extraña manera. Era un ser cruel, y se decía que sólo podría dominarla aquel que conociese su auténtico nombre. Ellos no lo conocían, y temían la repercusión que pudiese tener dicha invocación.
La invocación fue un proceso largo. No obstante, a su término apareció la Reina del Espejo en todo su esplendor.
-¿Por qué me habéis llamado? -preguntó, con su atronadora voz.
-Señora -dijo una de las bestias gelatinosas-, necesitamos el Sol, pero se niega a salir. Necesitamos -su voz temblaba- que Su Majestad lo traiga.
Sorprendentemente, la Reina condescendió en traerlo, pero con una condición: uno de ellos debería salir al Exterior y traer un alma humana. Una vez lo hubieran hecho, ella cumpliría su parte del trato.
Los reptiles estuvieron de acuerdo; para traer un alma sólo deberían matar a su poseedor.
La Reina, con su poder, abrió una Puerta de Cristal, que comunicaba con el Otro Lado.
-Elegid a uno de vosotros -ordenó la Reina.
Aquello no hizo falta: una de las bestias se ofreció voluntaria. Coreado por los rugidos de sus congéneres y por los lamentos guturales -únicos sonidos que sabían hacer- de los monstruos del subsuelo (cuyas características les impedían cruzar dicha Puerta), la bestia salió al Exterior.
Justo antes de que la Puerta se cerrara, pudieron ver cómo la apariencia gelatinosa del reptil desaparecía: se había transformado en piedra.
La Reina rió cruelmente.
-Cuando llegue el momento, podrá moverse. -Yse esfumó con un destello.
Alrededor de la bestia petrificada crecía una jungla exuberante que con el paso del tiempo lo cubrió de hojas y ramas pútridas. Muchos ciclos después, una expedición de seres de aquel mundo -que, irónicamente, estaban buscando nuevas especies animales- tropezó literalmente con él.
El monstruo tuvo consciencia de ser alzado en vilo -de alguna manera desconocida para él- y sacado del lugar donde había estado esperando tanto tiempo.
Al caminar por aquellas desoladas calles, sin vida, sin ningún tipo de ruidos, comencé a sentir diferentes sensaciones dentro de mi cuerpo, comencé a sentirme inseguro, comencé a tener miedo, por lo que miraba para atrás a cada rato, a cada momento, como si alguién o algo estaba detrás de mí, pero no había nadie, no había nada, sólo yo y mi oscura sombra, que para mí ya comenzaba a adquirir formas tenebrosas por lo que ni siquiera me atrevía a mirarla porque hasta ella me causaba miedo, era una estupidez, pero de verdad me estaba empezando a asustar, sentía la sensación de que mientras mas rápido caminaba mas rápido me seguían, aquella sensación me trajo recuerdos de mi infancia en donde en mi antigua casa, cuando caminaba por su pasillo en la oscuridad, el pasillo era largo y angosto, se sentían como crujían sus maderos por todos lados, pero también se podía escuchar claramente los pasos de alguién que venía detrás de mí, maldito pasillo por qué tiene que venir a mi mente ahora. Esos pasos los escuché tantas veces que me acostumbré pero nunca dejaron de asustarme, los escalofríos no dejaban de recorrer mi cuerpo cada vez que los sentía, sacaba fuerzas para contrarrestar ese miedo, pero era inevitable. Cuando llegaba al final del pasillo donde se encontraba el baño, me encerraba dentro de él con pestillo, pero ni así me sentía seguro, sabía que aquella presencia estaba ahí detrás de la puerta esperando, esperando por mí. Muchas delas veces no fui capaz de soportar el terror y me lanzaba a correr como desesperado por aquel largo corredor, pero a medida que corría más rápido, más cerca y fuerte sentía a aquella presencia, como queriéndome sujetar por la espalda, pero jamás lo hizo, como si quisiera divertirse conmigo, algunas veces y ya que en aquella casa había una escalera muy vieja, cada vez que yo la bajaba sentía como esta presencia trataba de empujarme por lo que yo bajaba corriendo y desesperado, es más, una vez que bajé corriendo, algo me empujo y rode por las escaleras hasta el fondo y me quebré una pierna, en realidad no sé si algo me tocó, pero no puedo decir que me caí por estúpido. En mi casa pensaron que fue una caída accidental, claro que yo no le iba a contar a nadie lo que me sucedía, me iban a tratar de maricón, cobarde y retardado, así que todo siguió igual. En el tiempo que tuve el pie lesionado no sentí nada, ni un solo ruido, como si aquel ente extraño estubiera esperando mi recuperación para continuar con aquel jueguito, y así fue, tan pronto como me sacaron el yeso todo comenzó de nuevo, empecé a sentir nuevamente las persecuciones, aquellos pasos demoniacos que me torturaban hasta lo más profundo de mis sentidos, aquel miedo que recorría mi cuerpo de pies a cabeza a travez de mis venas, pero fui un cobarde, jamás me dio el corazón para darme media vuelta y enfrentar a aquella presencia o enfrentar la realidad, aquella realidad que me decía que todo era invento de mi mente, de mi siquis de niño, susceptible y afectada por los filmes de terror calse B que inundan las pantallas de nuestra televisión. Esto duró por todo el tiempo que vivimos en esa casa y jamás, pero jamás dejó de asustarme en ninguna oportunidad, por más acostumbrado que estaba a esta sensación, los pelos se me paraban e incrustaban en la piel una y otra vez.
Ahora no sé por qué razón estoy sintiéndola de nuevo, han pasado más de diez años quizás de la última vez, en todo ese tiempo aquella sensación la había olvidado, la había borrado de mi mente hasta este momento, ahora vuelvo a sentir aquel miedo desgraciado que me costó antes tanto poder controlar, siento como el miedo se incrusta poco a poco en mi cuerpo a travez de mis venas, como la misma sangre que circula por ellas se reparte a todos los rincones de mi ser, apoderándose de mis pensamientos y mis reacciones, cuánto daría por ver a alguien en esta calle y no sentirme tan solo, ni siquiera un maldito perro en todo el camino, y esos pasos, esos malditos pasos que siguen tras de mí, ahora que sé lo que es no me atrevo a mirar para atrás, no soy capaz de enfrentar mi trauma de la infancia, camino mas rápido, pero al igual que antes siento cada vez más cerca a aquella presencia como si caminara pisándome los talones, pero no puedo dejar que el miedo controle mi mente, tengo que hacerle frente, pero no soy capaz de darme vuelta y mirar para atrás, mientras que cada vez siento los pasos más cerca y el miedo cada vez penetra más en mi cuerpo, hasta el punto de sentir que me voy a mear en los pantalones, pienso en rezar mientras camino, pero de qué me sirve, no soy cristiano, ni conozco ningún tipo de rezo. De pronto los pasos los siento encima mío y ya no aguanto más, tengo que enfrentarlo, cierro los ojos, apreto los dientes y me doy media vuelta, siento como algo frío y caliente a la vez se me hunde en el estómago seguido de un dolor terrible y espantoso, abro los ojos pero no veo nada, todo lo veo negro, caigo de rodillas al suelo y me llevo las manos al estómago, siento como la sangre corre por ellas y empapa toda mi ropa, luego esa misma sangre comienza a salir de mi boca y caigo de costado ya sabiendo que mi vida se escapa y dando mis últimos suspiros. Antes de perder el conocimiento total escucho una voz, una voz que dice "¡por qué tuviste que darte vuelta de repente, yo sólo quería tu chaqueta, conchadetumadre, por qué lo hiciste, por la misma mierda!" seguido de unos pasos que salen corriendo y se alejan con rapidez, esos pasos, esos malditos pasos, no eran más que los pasos de un vulgar e insignificante ladrón, y yo tan estúpido que fui, siempre fui un estúpido, creí en aquel maldito pasillo, ese pasillo…

